Se oían murmuros incrédulos sobre cómo alguien de su calaña podía haber ascendido tan pronto, con esos ropajes tan burdos, la poca clase que destilaba ante el consejo mayor y su falta de educación ante ellos y el mundo. Nunca antes habían oído ningún fonema emitido por ella en ninguna situación, nunca la vieron de cuerpo entero, salvo sus manos, que no mostraba interés en tapar. Nunca supieron de su existencia, y ahora, arrogante, se mostraba en medio de la sala, recibiendo la más alta condecoración posible del consejo mayor. Había algo extraño.
Alargó su mano lentamente y agarró la cadena sin cuidado alguno, no le temía, sabía que no le afectaría nada humano conocido. El señor cerró la caja y ésta desapareció en humo negro. Ella se puso el colgante debajo de sus trapos sucios y esperó paciente sin decir nada.
- Lo normal es que ahora ella rezaste la santa oración – murmuró un joven a lo lejos
- Será que ella no sabe de procedimientos ni protocolos… -contestó apresurada otra
- Será que ella no sabe de procedimientos ni protocolos… -contestó apresurada otra
La dama alzó la cabeza mirando la vidriera y cuando la luna estuvo en su punto más álgido, justo encima de la cúpula del santuario perdido en el que se encontraba, dejó escapar una palabra, sólo una de entre tantas escritas.
Heló la sangre de los presentes que la escucharon, y el representante del consejo, el que estaba más cerca de ella pidió que se explicara aunque nadie quisiera volver a escuchar esa voz tan careciente de humanidad.
No se podía ver, tampoco sentir, pero se adivinaba una sonrisa pintada en los labios muertos de ella.
Dio un paso al frente, encarándose con el representante de la sala y lo volvió a repetir, suave, lento y alargando la letra final a modo de tormento.
- Rezad…
- ¿A qué se refiere? – preguntó un tanto inquieto. Ella no contestó, se limitó a susurrar en voz baja.
- Salve enigmática verdad vaporea inexistente, creencia vana de los pobres inocentes incoherentes como vosotros que a ciegas seguís un principio equívoco de existencia e intentáis en vano consolidarlo como religión y secta. Salve a los infieles libres de pecados pues los pecadores ya han encontrado su propia salvación…. – Recitaba ella en el mismo tono monótono y pausado ante la atónita mirada de los presentes.
- ¡Es una pecadora! – Gritaban sulfurados desde el fondo - ¡Mátenla!
- ¡Mentirosa! ¡Pecadora! – se unieron todos.
- Mereces ser quemada viva… - se aventuró a sugerir el representante – Eres el Diablo encarnado en una joven inocente
Ella ignoró a todos y volvió a recitar lo mismo, una y otra vez, bajo los abucheos de los presentes.
- ¡Son cantos demoníacos! ¡Deténganla! ¡Tienen nuestra reliquia! – gritaba un encapuchado señalándola directamente
Gritaban, amenazaban, pero nadie se movía y se acercaba a ella, nadie quería ser el primero en encontrarse delante de ella… cara a cara. Aquellos que habían seguido la luz celestial desde infinitas generaciones atrás a través de la modificación de lo oscuro e infernal, acababan de ser profanados en su propia casa iluminada. Bajo la luz de lo que según ellos, todo lo purifica.
Sus manos se movieron por la capucha y bajo el asombro de todos, ella empezó a quitársela, lentamente, dejando ver su cara por primera vez en siglos.
Horror. Miedo. Pánico. Muerte.
Volvió a ponerse del mismo modo la capucha de nuevo y se giró sobre sí misma. A sus pies los cuerpos inertes del consejo y seguidores allegados. Caminó por la estancia en línea recta por donde había venido, del mismo modo, sin vacilar, se acercaba a las puertas de madera.
La sangre derramada por los creyentes asesinados parecía correr en busca de su asesina. Una vez encontrada, subía por la túnica desgarrada cubriéndola enteramente, metiéndose por donde la vista no alcanzaba a ver al sujeto y mientras los muertos eran drenados del último jugo de vida que les quedaba, mostrando en sus caras el horror que vieron con los ojos abiertos y la boca desencajada, los harapos que vestía ella se iban regenerando, se iban cosiendo solos con hilos de la misma sangre derramada. La túnica dejó de ser un trapo viejo mal puesto, a ser una túnica negra de brillo sedoso, más larga por la parte trasera. Sin ningún bordado, sin ninguna marca salvo un reguero de sangre sobrante que caía de la túnica arreglada y que se evaporaba instantáneamente al contacto con el suelo de piedra.
El pasillo mostraba el mismo paisaje devastador que el altar profanado, los guardias en el suelo, drenados, pero sin heridas en el cuerpo, ni sangre en el suelo. Todo limpio a su paso.
Todo menos la sangre de color carmesí que quedó grabada en las piedras del altar por el reflejo de la luna sobre la sangre derramada antes de ser profanada y convertida en algo inexistente y volátil. El único recuerdo imborrable que la luz purificadora alabada nunca jamás podrá borrar del recuerdo petrificado de esas paredes.
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