Carmesí grabado en piedra
Hoy era el día.
Esta noche la reconocerían como la única e indiscutible figura que representa, la señora de las sombras, la titiritera de los miedos y vicios. Esta noche, se abriría la caja de pandora con su nombramiento… pero nadie lo sabía.
Esta noche la reconocerían como la única e indiscutible figura que representa, la señora de las sombras, la titiritera de los miedos y vicios. Esta noche, se abriría la caja de pandora con su nombramiento… pero nadie lo sabía.
Caminaba por los pasillos silenciosa como la muerte, el frio que envolvía las estancias de piedra no era nada con el que emanaba de los poros de su piel, unos la catalogaban como golem de hielo, otros como una muerta en vida.
La túnica rasgada que cubría su cuerpo demacrado casi dejaba ver a través de ella. Cada respiración suya quedaba marcada por el vaho como avance en los ventanales corroídos por la vejez y el óxido, en forma de escarcha fútil. Cada paso suyo era un temblor en los corazones más puros que se hallasen cerca, y cada respiración de ella que quedaba en el aire del pasillo angosto y maltrecho, casi en ruinas, era una sacudida a las voluntades configuradas en las mentes de los más jóvenes.
Caos, eso era lo que ella creaba, solo caos.
Caos, eso era lo que ella creaba, solo caos.
Una ventana abierta removió la túnica de la dama dejando entrever sus manos que intentaban resguardarse de la poca claridad que entraba. Unas manos marmóreas de dedos largos y huesudos, en las que de no ser por esa fina capa de piel que recubría en vano las venas que sobresalían ansiosas de latir libres, se podrían ver los huesos puros de la misma.
Uno de los guardias que estaban apostados a los laterales del interminable pasillo, al ver tal escena, fue rápidamente a cerrar la ventana que había causado problemas a la dama. Esta no se lo agradeció, no giró la cabeza si quiera, pero debajo de esa capucha que escondía en su oscuridad, se podía intuir que había entornado los ojos hacia él, pues un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza dejándolo sin ganas de vivir, hueco de sentimientos.
Nunca más se supo de ese guardia en concreto.
Llegó ante unas puertas de madera de altura considerable. Grabadas con palabras extrañas de corta longitud y huecas, parecía un tipo de inscripción si bien diabólica o algo a lo que temer sin razón de ser.
Ella no vaciló ni un instante y sin detener o alterar su paso, sacó sus dos manos blanquecinas de debajo de su túnica andrajosa y empujó sin miramientos las dos grandes puertas del consejo mayor.
Figuras inertes vestidas de túnicas purpúreas creaban un círculo en medio de la estancia, esperándola, mientras otras surgían del suelo como espectadores del hecho.
La noche estaba al caer, la luna salía de entre las montañas y bañaba la estancia a través de las vidrieras de colores muertos. Se podía palpar la tensión y comprobar como todas las miradas bajo las capuchas, seguían a la figura que acababa de entrar, primero fijándose en el harapo que llevaba por túnica, toda rasgada por los bordes; y luego fijándose en la propia silueta de la dama.
La noche estaba al caer, la luna salía de entre las montañas y bañaba la estancia a través de las vidrieras de colores muertos. Se podía palpar la tensión y comprobar como todas las miradas bajo las capuchas, seguían a la figura que acababa de entrar, primero fijándose en el harapo que llevaba por túnica, toda rasgada por los bordes; y luego fijándose en la propia silueta de la dama.
La figura que parecía más representativa dio un paso al frente y alzó la cabeza entre las sombras. Su túnica ondeaba en la sala aún sin haber corriente de aire, una túnica purpúrea, como las otras, pero con un bordado en dorado, su rango marcado por unos pequeños hilos de otro tono. A ella le parecía repugnante.
- Podemos dar comienzo a la ceremonia – susurró el adelantado bajo sus telas.
Entonces, al unísono, los demás presentes empezaron a entonar una melodía suave, terrorífica si entendiésemos la letra, que acompañaba al ritual tan excéntrico en una época ya perdida.
- Podemos dar comienzo a la ceremonia – susurró el adelantado bajo sus telas.
Entonces, al unísono, los demás presentes empezaron a entonar una melodía suave, terrorífica si entendiésemos la letra, que acompañaba al ritual tan excéntrico en una época ya perdida.
Ella se puso en medio del círculo creado, justo donde la luz de la luna se proyectaba blanquecina por el único hueco sin vidriera coloreada.
- Esta noche, consejo mayor aquí presente en su totalidad, daremos cuenta de las hazañas de nuestra futura nueva integrante, que pese a… - y seguía su discurso, pero a ella no le importaba, no estaba escuchando. Ni si quiera se podría decir que estaba presente de no ser por el vaho que delataba su respiración.
- Esta noche, consejo mayor aquí presente en su totalidad, daremos cuenta de las hazañas de nuestra futura nueva integrante, que pese a… - y seguía su discurso, pero a ella no le importaba, no estaba escuchando. Ni si quiera se podría decir que estaba presente de no ser por el vaho que delataba su respiración.
La marca de tiempo se estaba acercando para ella, su respiración, en cambio, seguía constante, inalterable, como si fuera algo mecánico en ella. – damos paso así a su nombramiento.
Un presente surgido de las profundidades del suelo se acercaba portando una caja de madera hacia el vociferador de la ceremonia.
Un presente surgido de las profundidades del suelo se acercaba portando una caja de madera hacia el vociferador de la ceremonia.
La caja igual de tallada que la puerta de la entrada, tenía grabadas minuciosamente unas palabras indescriptibles, sin forma conocida en nuestros saberes. Tenía ciertas betas rojizas, como si fuera de avellano la madera en cuestión. El sabio del consejo mayor tomó la caja con sumo cuidado entre sus manos y acercándose a la muerta en vida se la ofreció abriéndola lentamente.
Dentro de la caja, posada delicadamente como la esencia más frágil del planeta, había una llave enfrascada en un pequeño botecito cerrado por un tapón de corcho, y con un lazo negro quedaba envuelto el mismo. La llave flotaba en un líquido burbujeante de color aceitoso, así como su densidad, que quedaba demostrada por el romper de las burbujas.
No obstante, ella sabía que nadie podría tocar ese aceite sin morir al instante o sufrir los peores dolores imaginables. Era una maldición portar ese objeto cerca de uno mismo pues si llegaba a resquebrajarse, aseguraba la muerte del portador.
- Pasas a ser la portadora de la reliquia que durante generaciones siempre hemos custodiado – dijo él mientras esperaba a que ella tomase la cadena del contenedor de la llave.
- Pasas a ser la portadora de la reliquia que durante generaciones siempre hemos custodiado – dijo él mientras esperaba a que ella tomase la cadena del contenedor de la llave.
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