viernes, 21 de octubre de 2011

Prólogo ~ (Carmesí grabado en piedra II )


Se oían murmuros incrédulos sobre cómo alguien de su calaña podía haber ascendido tan pronto, con esos ropajes tan burdos, la poca clase que destilaba ante el consejo mayor y su falta de educación ante ellos y el mundo. Nunca antes habían oído ningún fonema emitido por ella en ninguna situación, nunca la vieron de cuerpo entero, salvo sus manos, que no mostraba interés en tapar. Nunca supieron de su existencia, y ahora, arrogante, se mostraba en medio de la sala, recibiendo la más alta condecoración posible del consejo mayor. Había algo extraño.

Alargó su mano lentamente y agarró la cadena sin cuidado alguno, no le temía, sabía que no le afectaría nada humano conocido. El señor cerró la caja y ésta desapareció en humo negro. Ella se puso el colgante debajo de sus trapos sucios y esperó paciente sin decir nada.

- Lo normal es que ahora ella rezaste la santa oración – murmuró un joven a lo lejos
-
Será que ella no sabe de procedimientos ni protocolos -contestó apresurada otra

La dama alzó la cabeza mirando la vidriera y cuando la luna estuvo en su punto más álgido, justo encima de la cúpula del santuario perdido en el que se encontraba, dejó escapar una palabra, sólo una de entre tantas escritas.
Heló la sangre de los presentes que la escucharon, y el representante del consejo, el que estaba más cerca de ella pidió que se explicara aunque nadie quisiera volver a escuchar esa voz tan careciente de humanidad.
No se podía ver, tampoco sentir, pero se adivinaba una sonrisa pintada en los labios muertos de ella.

Dio un paso al frente, encarándose con el representante de la sala y lo volvió a repetir, suave, lento y alargando la letra final a modo de tormento.
- Rezad…
- ¿A qué se refiere? – preguntó un tanto inquieto. Ella no contestó, se limitó a susurrar en voz baja.

- Salve enigmática verdad vaporea inexistente, creencia vana de los pobres inocentes incoherentes como vosotros que a ciegas seguís un principio equívoco de existencia e intentáis en vano consolidarlo como religión y secta. Salve a los infieles libres de pecados pues los pecadores ya han encontrado su propia salvación…. – Recitaba ella en el mismo tono monótono y pausado ante la atónita mirada de los presentes.
- ¡Es una pecadora! – Gritaban sulfurados desde el fondo - ¡Mátenla!
- ¡Mentirosa! ¡Pecadora! – se unieron todos.
- Mereces ser quemada viva… - se aventuró a sugerir el representante – Eres el Diablo encarnado en una joven inocente
Ella ignoró a todos y volvió a recitar lo mismo, una y otra vez, bajo los abucheos de los presentes.
- ¡Son cantos demoníacos! ¡Deténganla! ¡Tienen nuestra reliquia! – gritaba un encapuchado señalándola directamente

Gritaban, amenazaban, pero nadie se movía y se acercaba a ella, nadie quería ser el primero en encontrarse delante de ella… cara a cara. Aquellos que habían seguido la luz celestial desde infinitas generaciones atrás a través de la modificación de lo oscuro e infernal, acababan de ser profanados en su propia casa iluminada. Bajo la luz de lo que según ellos, todo lo purifica.

Sus manos se movieron por la capucha y bajo el asombro de todos, ella empezó a quitársela, lentamente, dejando ver su cara por primera vez en siglos.
Horror. Miedo. Pánico. Muerte.
Volvió a ponerse del mismo modo la capucha de nuevo y se giró sobre sí misma. A sus pies los cuerpos inertes del consejo y seguidores allegados. Caminó por la estancia en línea recta por donde había venido, del mismo modo, sin vacilar, se acercaba a las puertas de madera.
La sangre derramada por los creyentes asesinados parecía correr en busca de su asesina. Una vez encontrada, subía por la túnica desgarrada cubriéndola enteramente, metiéndose por donde la vista no alcanzaba a ver al sujeto y mientras los muertos eran drenados del último jugo de vida que les quedaba, mostrando en sus caras el horror que vieron con los ojos abiertos y la boca desencajada, los harapos que vestía ella se iban regenerando, se iban cosiendo solos con hilos de la misma sangre derramada. La túnica dejó de ser un trapo viejo mal puesto, a ser una túnica negra de brillo sedoso, más larga por la parte trasera. Sin ningún bordado, sin ninguna marca salvo un reguero de sangre sobrante que caía de la túnica arreglada y que se evaporaba instantáneamente al contacto con el suelo de piedra.
El pasillo mostraba el mismo paisaje devastador que el altar profanado, los guardias en el suelo, drenados, pero sin heridas en el cuerpo, ni sangre en el suelo. Todo limpio a su paso.

Todo menos la sangre de color carmesí que quedó grabada en las piedras del altar por el reflejo de la luna sobre la sangre derramada antes de ser profanada y convertida en algo inexistente y volátil. El único recuerdo imborrable que la luz purificadora alabada nunca jamás podrá borrar del recuerdo petrificado de esas paredes.

Prólogo ~ (Carmesí grabado en piedra I )

Carmesí grabado en piedra


Hoy era el día.

Esta noche la reconocerían como la única e indiscutible figura que representa, la señora de las sombras, la titiritera de los miedos y vicios. Esta noche, se abriría la caja de pandora con su nombramiento… pero nadie lo sabía.

Caminaba por los pasillos silenciosa como la muerte, el frio que envolvía las estancias de piedra no era nada con el que emanaba de los poros de su piel, unos la catalogaban como golem de hielo, otros como una muerta en vida.
La túnica rasgada que cubría su cuerpo demacrado casi dejaba ver a través de ella. Cada respiración suya quedaba marcada por el vaho como avance en los ventanales corroídos por la vejez y el óxido, en forma de escarcha fútil. Cada paso suyo era un temblor en los corazones más puros que se hallasen cerca, y cada respiración de ella que quedaba en el aire del pasillo angosto y maltrecho, casi en ruinas, era una sacudida a las voluntades configuradas en las mentes de los más jóvenes.

Caos, eso era lo que ella creaba, solo caos.

Una ventana abierta removió la túnica de la dama dejando entrever sus manos que intentaban resguardarse de la poca claridad que entraba. Unas manos marmóreas de dedos largos y huesudos, en las que de no ser por esa fina capa de piel que recubría en vano las venas que sobresalían ansiosas de latir libres, se podrían ver los huesos puros de la misma.
Uno de los guardias que estaban apostados a los laterales del interminable pasillo, al ver tal escena, fue rápidamente a cerrar la ventana que había causado problemas a la dama. Esta no se lo agradeció, no giró la cabeza si quiera, pero debajo de esa capucha que escondía en su oscuridad, se podía intuir que había entornado los ojos hacia él, pues un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza dejándolo sin ganas de vivir, hueco de sentimientos.
Nunca más se supo de ese guardia en concreto.

Llegó ante unas puertas de madera de altura considerable. Grabadas con palabras extrañas de corta longitud y huecas, parecía un tipo de inscripción si bien diabólica o algo a lo que temer sin razón de ser.
Ella no vaciló ni un instante y sin detener o alterar su paso, sacó sus dos manos blanquecinas de debajo de su túnica andrajosa y empujó sin miramientos las dos grandes puertas del consejo mayor.

Figuras inertes vestidas de túnicas purpúreas creaban un círculo en medio de la estancia, esperándola, mientras otras surgían del suelo como espectadores del hecho.

La noche estaba al caer, la luna salía de entre las montañas y bañaba la estancia a través de las vidrieras de colores muertos. Se podía palpar la tensión y comprobar como todas las miradas bajo las capuchas, seguían a la figura que acababa de entrar, primero fijándose en el harapo que llevaba por túnica, toda rasgada por los bordes; y luego fijándose en la propia silueta de la dama.

La figura que parecía más representativa dio un paso al frente y alzó la cabeza entre las sombras. Su túnica ondeaba en la sala aún sin haber corriente de aire, una túnica purpúrea, como las otras, pero con un bordado en dorado, su rango marcado por unos pequeños hilos de otro tono. A ella le parecía repugnante.

- Podemos dar comienzo a la ceremonia – susurró el adelantado bajo sus telas.

Entonces, al unísono, los demás presentes empezaron a entonar una melodía suave, terrorífica si entendiésemos la letra, que acompañaba al ritual tan excéntrico en una época ya perdida.

Ella se puso en medio del círculo creado, justo donde la luz de la luna se proyectaba blanquecina por el único hueco sin vidriera coloreada.

- Esta noche, consejo mayor aquí presente en su totalidad, daremos cuenta de las hazañas de nuestra futura nueva integrante, que pese a… - y seguía su discurso, pero a ella no le importaba, no estaba escuchando. Ni si quiera se podría decir que estaba presente de no ser por el vaho que delataba su respiración.

La marca de tiempo se estaba acercando para ella, su respiración, en cambio, seguía constante, inalterable, como si fuera algo mecánico en ella. – damos paso así a su nombramiento.

Un presente surgido de las profundidades del suelo se acercaba portando una caja de madera hacia el vociferador de la ceremonia.

La caja igual de tallada que la puerta de la entrada, tenía grabadas minuciosamente unas palabras indescriptibles, sin forma conocida en nuestros saberes. Tenía ciertas betas rojizas, como si fuera de avellano la madera en cuestión. El sabio del consejo mayor tomó la caja con sumo cuidado entre sus manos y acercándose a la muerta en vida se la ofreció abriéndola lentamente.

Dentro de la caja, posada delicadamente como la esencia más frágil del planeta, había una llave enfrascada en un pequeño botecito cerrado por un tapón de corcho, y con un lazo negro quedaba envuelto el mismo. La llave flotaba en un líquido burbujeante de color aceitoso, así como su densidad, que quedaba demostrada por el romper de las burbujas.

No obstante, ella sabía que nadie podría tocar ese aceite sin morir al instante o sufrir los peores dolores imaginables. Era una maldición portar ese objeto cerca de uno mismo pues si llegaba a resquebrajarse, aseguraba la muerte del portador.

- Pasas a ser la portadora de la reliquia que durante generaciones siempre hemos custodiado – dijo él mientras esperaba a que ella tomase la cadena del contenedor de la llave.


martes, 18 de octubre de 2011

Introducción a Sombras de la Noche

Sombas de la Noche es una historia que está ambientada a mediados de la Edad Media dónde caballeros se mezclan con la magia de dragones y armaduras mágicas.

Todo ello bajo el punto de vista de un adolescente que huyendo de su pasado, se refugia en un pequeño pueblo marginado por las grandes ciudades y que vive únicamente del comercio.

Una serie de mensajes y circunstancias extrañas le hacen partir en busca de su sueño.

¿Qué darías tu por un sueño?